martes, 5 de mayo de 2020

NUEVA COMORBILIDAD: CONFINAMIENTO, COVID-19, TRASTORNO DE INSOMNIO


Sería conveniente que los seres humanos, fuéramos conocedores de los beneficios de “un buen dormir” y las consecuencias de “un mal dormir”. Dormir las horas adecuadas (7 u 8 horas), despertarnos con la sensación de haber descansado bien, con ganas de afrontar un nuevo día y las obligaciones que ello conlleva, hace que nuestra actitud sea marcadamente positiva, nos encontramos con fuerza para de forma coloquial “aguantar los que nos echen”, pero todo lo contrario nos sucede cuando hemos pasado “una mala noche”, cuando nuestras horas de sueño han sido inferiores a las que habitualmente dormimos, incluso, cuando dormimos una media de seis o siete horas, pero de forma no continuada, o las pesadillas se han hecho eco de nosotros durante la noche; al despertar de forma voluntaria o cuando oímos el sonido del despertador que nos avisa que hay que “saltar” de la cama, el mundo se nos viene encima, afrontar el nuevo día, nos viene “cuesta arriba”.

Desde hace unos meses, la palabra Covid-19, retumba en nuestros cerebros cientos de veces cada día, lo oímos en medios de comunicación, y redes sociales, la presión mediática es apabullante y hace mella en nosotros.  

Las calles vacías de personas parecen agónicas, con un ambiente sórdido o extraño, gente con mascarillas y guantes durante las salidas que hacemos para nuestras compras esenciales (artículos de primera necesidad), colas en supermercados u otros comercios que suscitan en algunas personas ataques de pánico, desasosiego, etc., colas en cualquier comercio o entidad básica abierta al público, nos encontramos con estos grandes hándicaps que hacen que incremente nuestra ansiedad, ansiedad que si no controlamos durante el día vamos a llegar a la noche con ella, provocando a la hora de ir al dormitorio, que nos acostemos activados, psicofisiológicamente hablando, a causa de la ansiedad, si es que no hemos aplicado técnicas de afrontamiento que nos haya enseñado nuestro psicólogo , de esta manera “el insomnio está servido”, sobre todo el de iniciación, también el sueño durante la noche se ve afectado, dando lugar a despertares nocturnos, lo que consolidaría la fase de mantenimiento; es decir, periodos de vigilia durante la madrugada en los cuales al sujeto le es imposible volver a conciliar el sueño. 

El virus del Covid-19 y las medidas de confinamiento adoptadas por el gobierno han pasado a formar parte de nuestros días y nuestras noches; desayunamos, almorzamos y cenamos con este “latinajo”. Van pasando las semanas, y seguimos viviendo de un modo diferente al que lo hacíamos antes de que este “intruso silencioso e invisible” entrara en nuestras vidas, las noticias de miles de nuevos contagios, de centenares de fallecidos por “él”, ha producido  en ciertas personas, (bien porque no hacían deporte en sus casas por cuestiones logísticas o de otra índole), que no hagan uso de una buena higiene del sueño. El salir a la calle por periodos limitados, a horas determinadas y por lugares determinados en la fase primera de la desescalada, ha conducido a que a muchas personas esté método no le sea suficiente, necesitando hacer así más horas de deporte, para llegar más cansados al lecho.

Por lo que, en general, el abandono de hábitos a los que estábamos acostumbrados: acudir cada día al trabajo, las reuniones sociales con amigos y familiares, horas de deporte, paseos, compras, ha dado un vuelco tan importante en nuestras vidas, que al finalizar el día: nuestras horas de descanso, de sueño, ese sueño reparador tan necesario para que nuestro organismo y nuestro cerebro se mantenga en condiciones óptimas, se ha visto seriamente afectado, dando lugar a la aparición de uno de los trastornos más prevalentes en nuestros días: el trastorno de insomnio

 Los medios de comunicación nos presentan publicidad que si bien en ciertos aspectos intentan un refuerzo positivo, en otros publicitan fármacos y productos de parafarmacia para mejorar nuestro descanso y alguna que otra receta mágica, introducida en programas de tertulias, emitidas por psiquiatras, epidemiólogos, virólogos, etc, haciendo que la presencia del psicólogo no sea escasa sino nula, como ya hemos explicado anteriormente con los psicofármacos (parches momentáneos).

Sí, deciros que no es recomendable diagnosticar “a la ligera” que tenemos un trastorno de insomnio; no dormir cada día las horas recomendadas, o alguna noche, dormir “mal”, no es suficiente para padecerlo, es necesaria una evaluación cognitivo conductual exhaustiva (que incluye registros psicofisiológicos, medidas de autoinforme, observación directa)  para hacer un análisis funcional del comportamiento del sueño y observar así cómo ha debutado, qué frecuencia tiene, qué intensidad alcanza y su mantenimiento, en definitiva, conocer los aspectos de esta patología para poder modificarla con efectividad, cosa que hace un psicólogo, no un psiquiatra, ni un pediatra en caso de niños y adolescentes.

Recomendamos que si persiste en el tiempo, nuestro “mal dormir”; si comenzamos a dormir durante el día (porque no hemos descansado durante la noche), si empezamos a levantarnos tarde, por la misma causa (por no haber dormido o habernos dormido tarde), nos encontramos disfóricos, apáticos, sin motivación, irritables, etc, el círculo vicioso del insomnio “está servido”, es momento de acudir a un psicólogo de confianza para que no se perpetúe el cuadro sobremanera.

Si nos guiamos por el DSM-V (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, 5ª edición, 2013), podemos diferenciar entre lo que significa tener “unos días en los que duermo mal, me despierto varias veces durante la noche, al despertar me noto tenso/a,” o padecer un trastorno de insomnio. Éste se caracteriza (según DSM-V) por una predominante insatisfacción por la cantidad o calidad del sueño, cuando va asociada a uno o más de los siguientes síntomas: dificultad para iniciar el sueño, para mantenerlo y/o despertar pronto por la mañana con incapacidad para volver a dormirnos. La alteración del sueño causa malestar clínicamente significativo o deterioro en áreas importantes del funcionamiento. La dificultad del sueño se produce al menos tres noches a la semana, está presente durante un mínimo de tres meses y se produce a pesar de las condiciones favorables para dormir. Determinaremos si es específico: los síntomas duran como mínimo un mes pero menos de tres meses; persistente: los síntomas duran tres meses o más o recurrente: se dan dos o más episodios en el plazo de un año.

Si nos encontrásemos ante un viaje inesperado, dormir en lecho extraño, etc, es decir, que el insomnio fuese puntual, se podrían recomendar los siguientes tratamientos psicofarmacológicos: 
a) Benzodiazepinas, son efectivas en cortos periodos de tiempo, ya que al segundo o tercer día de su ingesta, o tras la habituación del sujeto a la misma pierden el poder hipnótico, se puede citar: lorazepam, alprazolam, bromazepam, cloracepato, etc.  
b) Hipnóticos con receta: también son derivados de las benzodiazepinas, actúan prolongadamente, se toman por prescripción médica (psiquiatra o médico de atención primaria), causan dependencia, tolerancia e insomnio de rebote si no se retiran tras un tiempo prolongado gradualmente. Otro problema frecuente son los posibles accidentes domésticos (por ejemplo: levantarse al aseo durante la noche y sufrir un tropiezo o caída), entre ellos podemos citar: lormetazepam, flunitrazepam, etc.  
c) Antidepresivos sedantes: actualmente y más propensos dado su poder antihistamínico a utilizar por ejemplo la trazodona a dosis muy superiores que a las que se prescriben para el tratamiento de la depresión, no habiendo ensayos clínicos suficientes ni información en la literatura especializada sobre cómo actúan y cuáles son los efectos a largo plazo de tomar este fármaco (embotamiento afectivo, ganancia de peso, etc).  
d) Fitoterapia: hay en el mercado (parafarmacia, herbodietéticas) algunos compuestos herbáceos u hormonales que prometen vencer el insomnio, no habiendo tampoco evidencia empírica que lo avale, entre ellos podemos citar basandónos en la hipótesis serotoninérgica de la ansiedad (lo cual no deja de ser una hipótesis) hipérico, melatonina, valeriana, pasiflora, melisa, tila, y así un largo etcétera; ninguno de ellos se ha mostrado eficaz frente al grupo control placebo
e) Otros agentes inductores del sueño: zolpidem y zoplicona. No se puede considerar que causen dependencia aunque precisen de receta facultativa, confundiéndose ésta con un periodo de insomnio de rebote tras la retirada gradual del fármaco.

Los tratamientos que los psicólogos de corte cognitivo conductual aplicamos son variados, dependiendo de los resultados que arroje la evaluación del paciente, se podrá perfeccionar un abordaje individualizado que ayude a su conducta insomne, entre ellos podemos destacar: entrenamiento en relajación, biofeedback, control del estímulo, restricción del tiempo de sueño, higiene del sueño, técnicas cognitivas, la intención paradójica y tratamientos combinados.

En lo referente al tratamiento del insomnio en niños y adolescentes, nos encontramos con la utilidad de aplicación de técnicas operantes aplicadas por los padres, tales como la retirada progresiva de la atención y el reforzamiento positivo.

En pacientes gerontológicos, los mecanismos fisiológicos del sueño son más ambiguos y diferentes en comparación con población adulta y niños y adolescentes.

Así pues, la propuesta del tratamiento farmacológico es indicada hoy en día por la mayoría de médicos de familia y psiquíatras, pero no está exenta de riesgos, entre otros, la tolerancia y la dependencia, es por esto, que los tratamientos psicológicos se han mostrado más eficaces y más efectivos que los tratamientos farmacológicos, además su consolidación a largo plazo es mayor que la de estos últimos.



 Autores:

Francisco Javier López González CV08702: Psicólogo Generalista Sanitario, D.E.A. en Medicina Interna, Perito Judicial en Psicofarmacología.
María Teresa Pérez Marín CV12012: Psicólogo Generalista Sanitario.
María Pilar Hernández Mora CV12748: Psicólogo Generalista 
Sanitario.

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