miércoles, 17 de abril de 2013

¿CUÁNDO DEBO DE LLEVAR A MI HIJO AL PSICÓLOGO?



INTRODUCCIÓN.

Analizaremos un tema interesante, sobre el que tanta confusión reina y sobre el que las dudas pueden llegar a convertirse en una reducción en nuestra capacidad a la hora de actuar con el consiguiente perjuicio para nuestro retoño, no llevándolo al profesional adecuado o, derivándolo a otro profesional de la salud que, si bien sabiendo algo del tema, no es experto o especialista en el mismo.

Es decir, hay veces que –dejándonos llevar por nuestra desesperación- llevamos a nuestros hijos con problemas emocionales a un médico de familia o pediatra, antes de llevarlo al especialista en Psicología. Y todo ello lo hacemos convencidos de que el médico ha de saber todo lo referente a nuestra salud y a la de los nuestros (y de hecho es así, y el que escribe además de psicólogo es doctorando en Medicina), pero entendemos asimismo que “han de saber” también sobre todo lo relativo a los problemas emocionales o de ansiedad y, en definitiva, de conducta inherentes para la mayor parte de los humanos, siendo este aspecto incorrecto, ya que ¿”saben estos profesionales por ejemplo, cómo se adquieren, mantienen y se extinguirían las respuestas de ansiedad que nuestro organismo emite ante situaciones o estímulos fóbicos”? Salvo error, en sus planes de estudio no se estudian aspectos de Psicología en profundidad, como la Modificación de Conducta, al igual que en los míos no “entra” la Traumatología. Del mismo modo, nosotros (como psicólogos), no entendemos los mecanismos que hacen que un hueso quede soldado tras una fractura mediante la aplicación de una escayola (otra cosa es que sepamos que mediante ese yeso o escayolado, las fracturas no complicadas con un tiempo prudencial, se llegan a soldar y a curar). 

Y lo hacemos convencidos de que no hay más solución que una “pastilla”. Por ejemplo : para fobias tipo escolar, social, a la oscuridad o para el TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad), la simple solución son recetas que, esperamos puedan reconducir de un modo beneficioso el comportamiento de nuestros hijos hasta niveles “normales”; desconociendo por ejemplo las técnicas de relajación o los programas de economía de fichas, desprovistos de efectos secundarios, y tan efectivos como los fármacos; y desconociendo también, como así lo indican los estudios realizados -a veces por los propios médicos- que cuando se retira tal o cual producto químico, el paciente hasta en un 80% de los casos siendo conservadores, recae en su enfermedad si no se le enseñan por parte del psicólogo estrategias de afrontamiento u otras habilidades con las que pueda manejarse mejor en su medio y, que le servirán probablemente ya para toda su vida (adquiridas y mantenidas adecuadamente), y no como la ingesta indefinida del fármaco que, como respuesta, pueda darnos al problema el profesional de la salud.

Lejos por nuestra parte el alimentar conflictos de competencias, ya que entre otras cosas, somos partidarios de los tratamientos combinados y, a que pensamos que la persona no tiene ni debe porqué sufrir innecesariamente mientras la terapia psicológica funciona. 

Pero si hay que ser meticuloso y cuidadoso, en cuanto a la prescripción de psicofármacos en los adultos, el tema se vuelve más complejo y resbaladizo cuando hablamos de niños o adolescentes. Porque asimismo, prescindiendo de la administración de píldoras, lo más que podría realizar uno de estos profesionales es aconsejarnos (que no tratar), sobre el problema de nuestro hijo o hija; pero eso, lo puede hacer cualquiera sin ser profesional de nada; y, al igual que el tiempo no lo cura todo, los consejos o sugerencias aunque a veces puedan ayudar, sería conveniente que pensáramos en su posible falta de “efecto curativo”, aumentando probablemente nuestra confusión y contribuyendo a nuestro propio perjuicio y al de los nuestros.
Y es que, a día de hoy, hemos de ser un tanto pesimistas al observar que no existe una compenetración entre los distintos profesionales sanitarios (incluido el psicólogo) en cuanto a la salud mental propia y ajena se refiere.


¿QUÉ ES UN PSICÓLOGO?

1º). Los profesionales de la Psicología sufrimos de un problema que proviene de un pecado, que es el de la juventud de nuestra ciencia. Se suele citar el año en que ésta quedó fundada por Wilhem Wundt en 1879 cuando en la Universidad de Leipzig (Alemania) fundó su primer (y único hasta aquel momento) laboratorio de Psicología Experimental. Hartos de un diálogo de sordos en el que se veían incluidos psicoanalistas, filósofos, sacerdotes, neurólogos, fisiólogos, etc., el autor mencionado zanjó el problema de si la Psicología debía poseer autonomía propia y “alzar su vuelo”, demostrando a la comunidad científica imperante hasta entonces, que se podían hacer estudios muy científicos, sobre determinados temas psicológicos. Otros autores le seguirían posteriormente con más o menos acierto, pero con técnicas y procedimientos que se fueron refinando y sofisticando a medida que, tanto la ciencia como la tecnología iban avanzando de manera rápida.

Si comparamos la historia de la Psicología con la de la Medicina por ejemplo, caemos en la cuenta enseguida de la modernidad de la primera y en la antigüedad de la segunda, quedando la Psicología relegada a los filósofos, sacerdotes o avispados intrusionistas con mínima instrucción en terapia psicoanálitica, por ejemplo.

Ello, unido al avance modernista de otros países como Estados Unidos que la tiene incluida en su cobertura sanitaria por medio de compañías, hizo que mientras en nuestro país hasta alrededor de los 70 del siglo pasado –por no aumentar más el período- a nuestros hijos se les diese un cachete, se les untare las manos con ajo u otros picantes y otros castigos por orinarse en la cama o morderse las uñas, ellos ya utilizaran técnicas de autocontrol o el pipi-stop (dispositivo para tratar la enuresis), con mayor o menor acierto.

2º).
2.1. Un psicólogo es un profesional que aplicando los conocimientos que ha adquirido en las materias de la Psicología Básica/Experimental, trata de dar respuesta científica a los problemas, en definitiva, “conductuales” que presenta la persona. Conducta… como expresión de la mente o pensamientos, si se quiere”. Al menos es lo que hacemos los psicólogos de orientación cognitivo-conductual; que por otro lado es la que mejores beneficios reporta con arreglo a criterios de eficacia, efectividad y eficiencia.

Salvo error, cuando en Norteamérica se planteó la cuestión de si los trastornos mentales o problemas de comportamiento a tratar por un psicólogo debían ser incluidos en la cobertura sanitaria, como he aludido más arriba, (costeados por las compañías aseguradoras) se formó una comisión presidida por la APA, (American Psychological Assotiation), que valorara qué orientación era la más adecuada para saber qué tratamientos eran los más eficientes.

Se llegó a la conclusión que la orientación cognitivo-conductual fue la que mejores resultados ofertaba. 

Pero nosotros no decimos, ni los norteamericanos tampoco, que el psicoanálisis, (por ejemplo) no “cure”, ni que sea “mejor lo nuestro”. Sino que simplemente es menos costoso en el tiempo y económicamente –con la misma efectividad- y, por lo tanto, lo más rentable para el sistema, que es muy distinto.

2.2. Pero un psicólogo asimismo es ante todo “un instrumento al servicio del cliente o paciente”. Es decir, sin la colaboración del paciente o cliente “el psicólogo no puede actuar como tal…, no es nada”. Del mismo modo que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, no hay ser humano que pueda ayudar al que no se deja; con alguna excepción, ni siquiera el psicólogo. O sea que si usted (con su hijo) está esperando “pasivamente” una receta mágica que solucione sus problemas, sin poner nada de su parte, mejor que busque otro profesional. Ya que si el profesional es honrado, le dirá cosas tales como que…: el psicólogo podrá ser el destornillador, sus problemas: los tornillos que no sabe ni cómo ni dónde fijar… será usted el que deba apretarlos con el manual de instrucciones que (además) viene en la caja. Si no es más o menos así como se lo indica su terapeuta, hemos de decirle sinceramente, que desconfíe de él y su otro “formato”. 


¿CUANDO DEBO LLEVAR A MI HIJO A UN PSICÓLOGO?

1.-Los comportamientos desadaptativos, desajustados; es decir, los que nos hacen que no nos desenvolvamos con normalidad en nuestro medio, pueden hacer sufrir a la propia persona que los emite, a sus familiares y allegados, o a todos los implicados en su conjunto. 

A.   El niño o adolescente con hiperactividad mantiene “en vilo” a toda el aula y, por supuesto a su profesor y a los padres.
B.   El paciente con esquizofrenia soporta niveles de sufrimiento más o menos conscientemente oyendo voces, por ejemplo, pero más sufre todavía el que a causa de ello, “sin comerlo ni beberlo”, sea atacado propinándole una cuchillada o hachazo, acabando con su vida (llevándolo al límite, pero no por ello despojándolo de veracidad), por que algún santo -o demonio- le dijese imperativamente que así debía hacerlo.
C.   El chaval con fobia social, escolar o a la oscuridad como ejemplos, debe tolerar niveles de ansiedad acordes con su grado de miedo irracional y que solamente él sabe el sufrimiento que lleva aparejado; a veces sin que los padres sean conscientes de ello y, otras (las más comunes), pensando que son cosas de la edad y que se desvanecerán paulatinamente conforme vaya creciendo.

Es por ello que “un criterio juicioso” a la hora de sopesar la posibilidad de que llevemos a nuestro chico o chica a un psicólogo, es que seamos capaces de pasar la “prueba del algodón” sondeando a los profesores, a sus propios compañeros o amigos, directamente a él (ya que en mayor o menor medida nos podrá informar) o, simplemente, observando con detenimiento su comportamiento, sobre todo si percibimos cambios notables, tanto por “exceso” como por “defecto”. Tema en el que es buen momento que nos centremos, siquiera sea de “pasada”. 
 
2.-
Hay veces en las que los déficits en los comportamientos de nuestros hijos nos preocupan menos que los posibles excesos, aunque en el primer caso el grado de padecimiento –para el interesado- casi siempre suela ser mayor. Pondremos dos ejemplos clarificadores que nos ayudarán a entender estos aspectos mencionados.
A.   Que el niño o adolescente no hable o lo haga en poca medida en una reunión (sea de iguales o de adultos), nos llama menos la atención que el hecho de que se pase cuatro horas ininterrumpidas delante de la pantalla de un ordenador navegando, y apartando, o dejando de lado temporal y consiguientemente otras obligaciones. Pudiendo llegar en ambos casos a dos tipos diferentes de problemas: uno de ansiedad social, por ejemplo, y otro de adicción no tóxica; en este caso, a Internet.

En el primero de los casos “no llega”, y, en el segundo, “se pasa”. Pero en ambos está generando posibles o probables problemas psicológicos.

B.   Que su hijo/a (niño o adolescente) esté quieto en el sofá de su casa viendo contemplativamente como pasa la vida absorto o pensativo 3 horas sin hacer ni decir nada, lo vemos más normal a que, en quince minutos sea capaz de hacer quince cosas distintas sin poder estarse quieto –obviamente, (con el desasosiego que nos crearía). En el primer caso podríamos intuir que está en sus cosas, mientras en el segundo pensamos que seguro es hiperactivo; siendo que en el primero posiblemente esté generándose -si no lo tiene ya- un cuadro de depresión infanto-juvenil y esté con sus rumiaciones mentales, mucho más grave psicopatológicamente hablando y más difícil de tratar (a mi juicio), que el segundo. Aunque si bien, ambos tienen tratamientos psicológicos muy eficaces, el primero le incapacitará más, a buen seguro y, nos habrá pasado (posiblemente) inadvertido. 

3.-
Otros criterios que los terapeutas tomamos a la hora de cuantificar las conductas problema y definirlas como eso; es decir, como problemáticas y, por lo que usted tendría razones justificadas para llevar a su hijo a un profesional de la Psicología, son los referentes a los valores o parámetros de “frecuencia, intensidad y duración” de tales conductas. 

Volvamos de nuevo a ilustrarlos.

a.     En cuanto a la frecuencia, lógicamente, no es lo mismo que su hijo se haga pipí en la cama una vez al año, que una vez al mes o, casi todos los días.; o que sus rabietas sean anuales, mensuales o, diarias. Del mismo modo, si tuviese fobia a la oscuridad, sería conveniente tratarla o intervenir sobre ella si le sucediese la mayoría de las noches de la semana, a que si sólo le sucediese “una” (y tras ver “El silencio de los corderos”). Viene ahora a mi mente el caso aquel que una vez nos explicó un profesor, sobre una señora de edad avanzada que debía hacer un vuelo (en avión, claro está), no había visto ni de cerca uno nunca, y era la primera y última vez que lo haría con el objeto de visitar a una familiar. Pues bien, antes de elaborar una costosa -en dinero y en tiempo- jerarquía de pasos para extinguir su fobia a volar, se limitó a contactar con un médico que le recetase Valium, tomándolo 30 minutos antes del vuelo de ida y, lo mismo para la vuelta. Problema resuelto. Otra cosa hubiese acontecido si el avión lo hubiese tenido que tomar una vez a la semana o, al mes.

b.     En lo referente a la duración, si la rabieta de su hijo le dura dos minutos por poner un ejemplo y luego continúa haciendo lo que estaba, porque la hemos sabido “capear” a tiempo, (otra cosa sería el por qué la cogió), evidentemente no sería igual a que si le durase dos horas, no dejase conciliar el sueño a usted (o a sus vecinos), con el consecuente perjuicio para su faringe, la vajilla de su esposa u otro mobiliario doméstico. 

Si la respuesta de ansiedad ante la oscuridad le durase cinco minutos (cosa poco común, por lo demás una vez adquirida), y posteriormente se durmiera tranquilo y tuviese un sueño reparador, no sería lo mismo a que la tuviese que soportar durante toda la noche levantándose al día siguiente “hecho trizas” por no haber dormido y con la consecuente falta de rendimiento escolar matutino, (entre otros aspectos). 

c.      Por último, la intensidad de esas conductas o respuestas de ansiedad hace referencia a los aspectos (también cuantitativos) y que no debemos dejar de lado. Usted muy bien puede realizar un pequeño sondeo con lo que denominamos termómetros de miedo o ansiedad y medir lo incapacitante que puede resultarle a su hijo el que, de una escala de 0 a 10, su grado de miedo sea de 2 (mínimo) o de 8 – 9 (máximo).

De modo parejo, si su cerco de orina en la cama ha sido del tamaño aproximado de una moneda de euro o (cosa distinta), del de una paella para seis o el de un sombrero mexicano, calando el colchón y somier, y llegando a corroer el brillo de su preciado suelo, evidentemente “no” será lo mismo. 


ÚLTIMAS RECOMENDACIONES. A MODO DE CONCLUSIÓN.

1.- En lo referente al problema de su hijo.
Independientemente de que si tras la lectura de este artículo deduce que su hijo o su hija necesita que acuda a la consulta o gabinete de un profesional de la Psicología, he de decir en su defensa (y en la de su hijo/a), que no se desanime; en primer lugar, porque los psicólogos disponemos de un arsenal de técnicas o estrategias muy efectivas para los trastornos por los que sufre su hijo (y usted), y que en más del 85% de los casos –porcentaje muy alto, terapéuticamente hablando- se resuelven sin más complicaciones si usted y su hijo, como hemos dicho antes, colaboran con nosotros. (Es un buen momento para que dé un respiro de alivio). 

De todos modos, hemos descrito “sólo” unos cuantos de los problemas –los más comunes, el abanico de trastornos no se agota desde luego con lo expuesto en este escrito, aunque todos ellos se puedan abordar desde una perspectiva cognitivo-conductual (y si hace falta, desde luego, con la ayuda de un médico). Quiero decir…, que aunque no haya mencionado por ejemplo, las fobias tipo inyección-daño-sangre (como al dentista, intervenciones quirúrgicas, etc), el trastorno oposicionista-desafiante, el autismo y otros síndromes, los trastornos de la alimentación como la anorexia o la bulimia, encopresis, tics o asma, todos ellos son compatibles con la perspectiva descrita y se podrían complementar con otras disciplinas.

En segundo lugar los problemas de ansiedad, miedo o fobias y como no, la depresión, que son los más comunes y que más vemos en la clínica, tanto en adultos como en niños y adolescentes, tienen la ventajosa particularidad – a diferencia de los innatos o de herencia genética- de que son adquiridos; es decir, se aprenden (por medio del condicionamiento clásico, operante u observacional o vicario, entre otros), procesos que no podemos explicar en este momento ya que rebasarían los límites y el propósito del escrito, (aunque sí lo haremos en un posterior artículo); eso sí, debiendo darle la esperanzadora respuesta de que lo mismo que se han aprendido, se pueden “desaprender” con el arsenal de técnicas descritas. (Es de nuevo, un buen momento para que dé otro respiro de alivio).

Y, en tercer y último lugar y para darle otra alegría, (no todo van a ser penas…), debemos describir asimismo que si bien en los mayores los comportamientos erróneos, patológicos o disfuncionales, como los quiera llamar, son más difíciles de tratar, al traer el adulto “adosado” a su problema ciertos tipos de esquemas mentales o creencias disfuncionales; en el niño esto apenas sucede, ya que obviamente al tener menos edad, como decían los empiristas ingleses, su “tábula rasa” (su pizarra) está menos llena de estos aspectos, no ha tenido tiempo de forjarse estas ideas. Siendo como una figura de barro o cera, mas moldeable…, más cambiable o modificable.

Tenga en cuenta asimismo que “no” es su hijo el que decide ir al psicólogo aunque tenga el problema y sea consciente de él; sino que la decisión depende de usted al igual que depende de usted para que lo sustente y para otras muchas cosas más. Es decir, no es probable que su hijo sea capaz o consciente de que debe pedir ayuda (a no ser que sea un superdotado), con lo cual, la responsabilidad del padre o madre es doble. 

2.- En lo referente al terapeuta de su hijo.
Si ha llegado hasta este punto, he de intuir que está dispuesto a llevar a su hijo/a a un psicólogo. Hemos de decirle que actualmente en las Facultades de Psicología se nos forma de una manera adecuada para que abordemos los problemas descritos (¡y muchos más!). Las universidades españolas al menos dotan al estudiante de los conocimientos teórico/prácticos –cada vez más renovados- acordes con la actual demanda de servicios que se nos realizan. Ahora bien, como en todas partes “cuecen habas y en mi casa calderadas”; al igual que hay arquitectos y profesionales de la salud incompetentes, o poco humanos; a los cuales se les derrumban edificios, olvidan instrumental en el vientre de sus pacientes o los tratan con poca delicadeza (tratándose de enfermos que necesitan ayuda y que por eso acuden a ellos), nosotros los psicólogos no íbamos a ser menos y, podemos cometer errores en algunos casos irreparables. Justamente por ello, le proponemos una serie de sugerencias que pensamos le podrán ayudar a la hora de elegir un buen profesional.

a) Acuda en la medida de sus posibilidades a un psicólogo privado. Aunque tanto los privados como los públicos dispongamos de la misma formación, la avalancha a la que se ven expuestos los segundos (y prueba de ello son las listas de espera), hacen que pudiera ser que uno público no prestase con detenimiento y minuciosidad la atención necesaria que su hijo (y cualquier otra persona) merece, habiendo casos que por estar comprimidos en historias clínicas o por la complejidad del problema, opten por derivarlos directamente al psiquiatra. Le aseguramos que si elige el adecuado no se arrepentirá jamás y nunca pensará que ha “tirado el dinero”.

b) Desconfíe del terapeuta que no haga una evaluación exhaustiva del problema. Ésta se suele realizar más o menos en tres o cuatro sesiones (a veces más), otra cosa es que sean semanales o, que en la misma semana, tenga más de una sesión. La importancia de tener un buen análisis funcional del problema de conducta de su hijo es crucial, si no, el psicólogo irá a buen seguro “dando palos de ciego”. Tras lo cual le indicará cuál es la intervención que deberá realizar sobre su hijo. (A no ser que sea un quiromante, mago, ávido lector del I Ching, o adivino). Materias que desde luego, no estudiamos los psicólogos científicos.

c) Mal asunto si se centra en aspectos pasados demasiado tiempo y no en el presente. No es tanto lo fundamental el qué fue lo que provocó el trastorno de su hijo, sino cómo se mantiene actualmente y, desde luego, como se podría extinguir. El pasado sólo nos puede ayudar para arrojar algo de luz sobre el presente, pero no para modificarlo. No es probable que se pueda cambiar algo del pasado para modificar el presente. El problema presente se puede solucionar con lo que podamos hacer contingentemente a él, y no previa o anteriormente a él. A no ser que su psicólogo sea todopoderoso. (Con lo cual, aparte de ser psicólogo será una especie de Dios, debiera presentárnoslo en ese caso, por favor, ya que nos aclararía desde luego varias dudas).

d) ¿Le ha dicho en alguna ocasión que usted “no” es parte implicada en el tema y que sólo debe entrevistarse con el niño? Si es así, le recomendamos que se vaya de la consulta cuanto antes (y si puede, sin pagar). Aunque sea probable y verdad que en las sesiones deba entrevistarse a solas con el niño, tendrá que hablar usted con el profesional no en una, sino en varias o bastantes ocasiones. Los problemas del niño o adolescente se mantienen en parte por comportamientos erróneos de los padres, que refuerzan inadecuadamente o castigan del mismo modo por ejemplo y, que su profesional le informará y ayudará a cambiar aunque le pese. Pero es que decimos en su defensa que nadie nace sabiendo educar y, (el niño no nace con un manual de instrucciones evidentemente).


POST SCRIPTUM:
No se atormente diciéndose por ejemplo el por qué un hijo le “ha salido así” y el otro u otros, no, habiéndoles dado a todos “lo mismo”; es decir, la misma educación. Esto en parte es una falacia que los médicos por ejemplo la verían de un modo muy claro y nítido; a saber : si tuviese usted un hijo con sobrepeso y otro con raquitismo… ¿le daría al primero carne equina, suplementos de hierro y polivitamínicos y al segundo acelgas, pescado blanco (a la plancha), diciéndole asimismo que hiciese ejercicio físico intenso, o más bien lo inverso…?

Al igual que cada uno de sus hijos (planteado el ejemplo) tienen requerimientos alimenticios distintos, del mismo modo los requieren distintos, emocionalmente hablando. Por lo cual no se ancle en la falacia, y sea capaz de darle a cada uno lo que realmente necesita. 

Esperamos que este manuscrito haya sido de su agrado, y lo que es más importante, le haya servido de ayuda a la hora de sopesar si debe o no llevar a su hijo a un psicólogo y qué es éste. Y si ha disfrutado, eso ya si es un honor para nosotros.


BIBLIOGRAFÍA.
  • American Psychiatric Association (2000). Diagnostic and statistical manual for mental disorders. (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), (cuarta edición, texto revisado). (DSM-IV-TR). Washington, DC: Author.

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